Artículo escrito por Dolores Réka Horváth 

Yo y la pesca no nos conocíamos hasta el año 2012, que es cuando conocí a mi actual marido Dani. Aunque no es un hobby muy atractivo para una mujer ya sea por la sangre, la tinta, el frío, las babas y lo demás, me encantó desde el primer día. Nuestros fines de semana y vacaciones, siempre que podemos son al lado del mar, cómo no, para pescar juntos y desconectar de todo.

3 ciclogénesis y un aeropuerto inundado

Cabo Verde fue un descubrimiento. La primera vez que fui de compañera de pesca a la isla de Sal, fue para pescar por lo menos cinco días de un total de siete. El viaje fue para olvidarlo. En primer lugar, debido a la cancelación de nuestro vuelo, nos regaló una noche en Madrid, y una vez llegados al destino, vimos que nuestro equipaje de pesca no viajaba con nosotros. ¿Porqué? Realmente hasta el día de hoy, no lo sabemos.

Una vez de vuelta, soñaba que algún día yo también podría tener alguna fotografía con un Sr. Pez. Tenía especial obsesión por los velas (Istiophorus albicans), por su peculiar aleta dorsal, su velocidad y por su fama de trófeo entre los pescadores deportivos que siendo mujer, tendría el doble de mérito si conseguía capturar uno.

O simplemente porque les gusta comer lo mismo que a mí, sardinas, calamares y pulpos.

Conociendo la pesca tropical

En verano de 2016 se nos presentó la oportunidad de ir a trabajar a Sal como guías de pesca. El primer día de pesca, era el día de mi cumpleaños. Ese día, no sólo estaba feliz por estar en el medio del océano celebrándolo, sinó porque Dani batió su récord de Seriola dumerili a jigging con nada más y nada menos de 35 kilos.

El segundo también fue increíble, una de las veces que dejé caer el jig, vi a pocos metros del barco por estribor saltar a un pez vela enorme.

Tras avisar a mis compañeros empezaron a gritar como locos, un vela, un vea!!! Lo que no sabíamos es que ese vela ya había elegido un jig estaba saltando para librarse de él. Mientras recogía, de repente se me tensó la línea y recibí unos tirones muy fuertes.

Nos quedamos todos alucinados al saber que era el vela de antes que se había clavado en mi jig! ¿Como? No me lo podía creer! Un vela! En el otro lado de mi caña! Retorcida de aguantar los tirones del pez, mi querido compañero saltaba de alegría a la vez que todos gritaban mi nombre – Grande Lola, grande! – En el momento de ponerme el cinturón, la caña pegó un bote hacía atrás, vimos un último salto, el leader se rompió, el vela se fué y a todos se nos quedoó una cara digna de un funeral.

¿Pero como?

¿Por qué? ¿Qué ha pasado? Obviamente con su pico abrasivo lo más probable era que rompiera antes o después el leader, ya ni hablar que la caña tampoco estaba montada para pescar velas. En la popa, clavada con mi mirada perdida hacia el horizonte, entendí que lo que ocurrió fue un milagro muy complicado de conseguir. Aunque yo ya había visualizado mentalmente mi cuadro de pescadora, con mi captura récord en alguna pared de casa, toda mi alegría se esfumó junto con él. Pero ahora estaba segura de que tenía que pescar a un vela, si o si!

Más o menos una semana y media más tarde pudimos volver a salir de pesca. Era un día increíble como todos los que pasé en Sal. Al llegar a nuestro punto de pesca capturé un abade de 6 kilos con la Kalikunnan Evil, una caña de jigging muy ligera y bastante potente. Un prototipo para 2017 que me dejó Dani para testar. Después me dio por cambiar a algo más serio, tenía un presentimiento de esos que tenemos las mujeres y que suelen ser reales la mayoría de las veces. Así que decidí seguir pescando con la Kalikunnan Azimut que ya estaba montada, una caña que es una bestia para cuando la cosa se pone seria.

Unos segundos después de dejar caer el jig, de repente el freno del Spinfisher 7500 empezó a chirriar sin parar. Yo recogí por instinto, pero el freno estaba muy flojo pues no nos habíamos acordado de ajustarlo al montar la caña. Dani bajó deprisa para echarme una mano, cerrar el freno y dejarlo apunto. Yo no me lo podía creer y el resto de la tripulación aún menos.

Un sueño hecho realidad

¡Pero qué suerte tiene esta mujer! – decían todos. – ¡Mi sueño se iba a hacer realidad! El vela, tiró hacia popa y yo seguí apartando a todo el mundo de mi camino. Muchos nervios, tirones exagerados.y la incertidumbre de si esta vez rompería o aguantaría. Tras dar una vuelta completa al barco, poco a poco se fue acercando. Hasta el último momento estuve nerviosa sabiendo que en cualquier momento se podría escapar. Forzando un poco finalmente subió a bordo y nuestra alegría fue inigualable. Gracias a que llevaba unas cuantas vueltas de leader en su pico y a la fuerza del mismo, no llegó a romper.

Ver a ese animal de casi tres metros en el barco me puso una sonrisa de oreja a oreja. No me creía la suerte que había tenido. Corría cogerlo en mis brazos para hacernos unas foros. Necesité ayuda ya que yo sola no podía con él, por más fuerte que le abrazaba e intentaba levantarlo. No me importó ni que estuviera lleno de parásitos y babas. Pasados unos minutos sentí un tremendo dolor en los antebrazos y los muslos.

Como una reacción alérgica rápida se me pusieron al rojo vivo. No podía estirar ni las piernas ni los brazos ya que la piel se tensó y me ardía del dolor. No entendía nada, hasta que mis compañeros me dijeron que era normal, que el cuerpo del vela es una lima. ¡Ya me podíais haber avisado de esto antes, cabrones! Risas y risas hasta llorar de alegría. Era el día ideal para acabar nuestro viaje y volver con más fuerza el año que viene.

La pesca ahora también es mi hobby. Gracias a mi pareja, por toda su dedicación a enseñarme y ayudarme cuando hace falta. Viajar es lo mejor que podéis hacer todos los que seáis amantes de este deporte, sin excusas, sea a donde sea para crear recuerdos inolvidables.

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